Los cotilleos son el lenguaje vital en las poblaciones pequeñas del Sur. Biscay, Mississippi, no es una excepción. Los cotilleos se difunden entre murmullos y risas apagadas por los patios de los colegios y se meten por las cafeterías y las iglesias de puntiagudas agujas. Todo gira alrededor de los cotilleos en Biscay.

Biscay es un pueblo pequeño de verdad, unos diez mil habitantes nada más.

«Biscay está bien muerto» es la frase más repetida por los menores de dieciséis.

No les falta razón.

El único enlace de Biscay con la autopista no es una carretera de cemento, sino una de doble dirección de asfalto estriado con baches lo bastante hondos como para reventar un neumático radial con fibra de vidrio. Una carretera tan deteriorada es la causa de que ninguna cadena de restaurantes de comida rápidas vaya a establecerse jamás en Biscay. Y de que no haya una gran estación de servicio con tienda de comida y surtidores autoservicio de gasolina con ranuras para las tarjetas de crédito. La oficina de correos, aparte de ser el principal negocio de Biscay, es la única razón de su existencia legal. No hay centro comercial en Biscay. Para encontrar uno hay que tomar dos autobuses hasta Hattiesburg.

Los chicos de Biscay no tienen mucho futuro. Algunos dejan el colegio para poder ayudar a los padres en el campo. Unos pocos logran marchar a la universidad. Pero la mayoría se quedan aquí. Encuentran un trabajo. Se casan. Se hacen viejos.

La vida no cambia mucho en Biscay.

Lo que si tiene Biscay es un secreto del que se habla a media voz, un rumor horrible que hace que las madres manden callar a sus hijos en cuanto lo mencionan. Es patético, casi todo el mundo coincide en esto, que lo más grande que ha pasado jamás en Biscay sea lo único que el pueblo quiere olvidar. La gente dice que en cierta ocasión sucedió una cosa terrible y hubo muertos.

Esto es lo que cuenta la gente del pueblo a los forasteros. Y únicamente se lo cuentan a los que insisten dos veces como mínimo en preguntar por la misteriosa parcela de tierra quemada que sigue afeando con su aspecto las afueras de Biscay. Quizá, por aquello de que la esperanza es lo último que se pierde, algún día pueda hablarse de aquel suceso más tranquilamente.

Al menos todo el mundo abriga esa esperanza.

Porque las personas son así, tienen esperanza y fe en el corazón e ilusiones en la mirada… hasta los nacidos en Biscay, Mississippi.

*   *   *

– Ya está mamá – dijo Holly Faye Lovell, de 14 años, dando un experto caderazo en el lateral del viejo televisor. La imagen gris borrosa se fue y volvió a parpadear hasta que se ajustó el color. Holly se dejo caer al lado de su madre en el cómodo sofá marrón ya deformado, mientras familiares y rítmicas notas de la sintonía de la hora de los talentos de Haverty invadían todos los rincones de la casa.

La madre de Holly, Wanda, comió unas cuantas palomitas de maíz del cuenco de la mesita baja.

– A ver qué ponen esta noche.

Holly sonrió. Su madre decía lo mismo todas las semanas.

Todo el mundo el Biscay veía la hora de los talentos de Haverty. Era una auténtica institución en el pueblo. Holly pensaba que seguramente se había enamorado de la música antes de aprender a andar, porque su madre siempre había procurado que la música formara parte de la vida de ambas. Se despertaban con Elvis (nacido en Tupelo, Mississippi, muchas gracias), se pasaban el día bailando con los 40 principales y se iban a dormir con algún otro programa de radio más tranquilo.

Y tenían una cita todos los viernes por la noche delante del televisor.

– Perdona, pero esta noche he quedado – solía decir Holly a Tyler Norwood cuando empezó a pedir que fuera con él los viernes a Ten Pin Lanes con su grupo de amigos. Se quedaba tan chafado cada vez que lo rechazaba que ella no pudo seguir impasible por más tiempo y tuvo que decirle la verdad, que la dichosa cita era con su madre.

La famosa Escuela Haverty de música y artes escénicas, situada en Hattiesburg, tenía un programa semanal de televisión donde actuaban los mejores estudiantes de música y artes escénicas. Todas las semanas había algo diferente. A Wanda le encantaban los fragmentos de ópera, que ponían siempre una sonrisa en sus bonitos labios rojos. Ninguna de las dos eran gran aficionada a la opera (Holly siempre había querido saber por qué cantantes con inteligencia suficiente como para aprender una lengua extranjera no cantaban en ingles para que el público pudiera entenderles), pero ambas se sentaban en respetuoso silencio cuando alguien de la escuela interpretaba un aria y rompían a aplaudir nada más terminar.

A Holly le encantaba cuando alguien interpretaba un antiguo espiritual de negro y se dejaba invadir por la intensa emoción de la letra. También era aficionada a la música country, salvo las canciones que hablaban de personas que sentían lastima de sí mismas, de que te atropellaban el pie en la parada del autobús o de que tu marido se fugaba con la mujer de tu mejor amiga y te dejaba descalza y llorosa en la cocina.

Prefería la música pop, las canciones que emitían por la radio, canciones que le llegaban al alma y que les hacían saltar y bailar a ella y a su madre y reírse cuando se daban contra los muebles.

Holly había soñado con ir a estudiar a Haverty. Y con la sensación de salir a cantar una canción al escenario. Pero Haverty no era para la gente corriente como ella, su madre o sus amistades. A Haverty iban los mejores y más brillantes estudiantes de todo el país, cuyos padres tenían pasta de sobra para costeárselo.

Holly y Wanda tenían poca pasta.

Wanda Lovell era la mejor costurera del condado. Trabajaba fuera de casa en una tienda propia, llamada Taller de Costura Wanda, en el mismo Biscay. Tenía una máquina de coser Singer nueva que había comprado el año pasado en Wal-Mart, aunque a menudo prefería coser a mano. Nadie sabía distinguir cosido a mano o a máquina.

Wanda cosía toda su ropa y todos los vestidos, blusas y pantalones largos y cortos de Holly. Wanda también zurcía y sabia hacer invisibles los rotos. El negocio marchaba bien, nunca figuraría en la lista de los 500 más rentables del Fortune, pero con lo que ganaba les daba para vivir a Holly y a ella. Era cuestión de saber hacer economías. Y privarse de ciertas cosas en ocasiones.

El primero en actuar en la hora de los talentos de Haverty de esa noche fue un muchacho flaco con un pantalón caqui y un jersey de cuello alto que debía de tener la edad de Holly. Se presento, se sentó al piano y empezó a tocar la sonata claro de luna de Beethoven, una pieza de música clásica que Holly creyó haber oído en un anuncio de detergente.

– Es muy bueno- dijo su madre con movimientos admirativos de cabeza.

– Está bien- reconoció Holly. Había esperado que el programa tuviera un comienzo más emocionante. Imagino que el chico se volvía hacia la multitud y atacaba una pieza de heavy metal que electrizaba a la audiencia. Eso sí que sería emocionante.

Comenzaba a anochecer y Wanda encendió la pequeña lámpara de imitación de estilo Tiffany, que baño de luz rosada el cuarto de estar. Holly observó a su madre un momento. Era muy guapa, con el pelo castaño y rizado que le rozaba los hombros y unos cálidos ojos almendrados. «Si no fuera por la marca de nacimiento seria una autentica preciosidad, aun siendo una madre», pensó Holly al tiempo que se odiaba por ser tan crítica.

Pero era cierto. La marca de nacimiento impedía considerar a Wanda Lovell una reina de la belleza.

La mancha roja de unos cinco centímetros de ancho ocupaba un lado de la cada redonda de Wanda, desde la ceja finamente depilada hasta la barbilla. Su color rojizo ofrecía un vivo contraste con la piel ligeramente bronceada de Wanda.

Holly sabía que había quieres miraban a Wanda y apartaban inmediatamente la vista porque no querían que los sorprendiera con los ojos fijos en ella. Su desasosiego era tan intenso como la marca de nacimiento de Wanda. Pero la mayoría de la gente de Biscay se conocía entre sí. La marca de nacimiento de Wanda no era ninguna novedad. Formaba parte de Wanda Lovell, nada más.

Holly y Wanda estaban más unidas que otras madres e hijas que Holly conocía. No había nada de lo que no pudiera hablar con su madre, incluso podía hacerle preguntas sobre sexo. Y no es que ella hubiera hecho nada de lo que tuviera que preocuparse. A Wanda le seguía gustando contar el romance de Holly cuando estaba en primero. Holly se había puesto de pie en un taburete con los ojos muy cerrados esperando a que Tucker Ritchie la besara. Después de contar en voz alta hasta tres sin haber sentido nada, abrió los ojos y vio salir a escape a Tucker. Preguntó a Wanda si había hecho algo mal.

– La próxima vez cuenta más deprisa y párate en el uno – le había aconsejado sabiamente su madre.

A raíz de aquello, Holly se dio cuenta de que en cuestión de romances su madre sí que sabía más que ella.

Un murmullo en la puerta de atrás saco a Holly de sus pensamientos. Inmediatamente después reconoció unas pisadas familiares.

– ¿Nos hemos perdido algo? – Juanita Weaver y Ruby Simmons entraron muy decididas, dejaron los bolsos cargados hasta los topes sobre la mesa de la cocina y dieron un abrazo a Wanda y Holly antes de sentarse como de costumbre en las dos mecedoras de madera llena de nudos.

En realidad Juanita y Ruby eran amigas de Wanda, pero en cierto sentido también se habían hecho amigas de Holly.

– Todavía no- dijo Holly sin dejar de preguntarse cómo se las arreglaba Juanita para cardarse el pelo negro tan alto que tocaba el techo.

– Perdón por el retraso, pero han venido a casa a recoger otro de los cachorros de Fifi. Ya hemos encontrado casa a casi todas las crías – Fifi era la primorosa caniche de Juanita, la perra mas mimada del todo el sur. Había tenido cachorros hacía dos meses y Juanita había estado bastante ocupada en encontrar gente de confianza que los cuidara.

El peinado exclusivo de Juanita no destacaba ese día tanto como de costumbre, pero lo compensaba con creces gracias al reluciente lápiz de labios rosa y el elegante vestido estampado. Tenía un salón de belleza en la planta baja de su casa y era la responsable de la reciente ola de permanentes y ondas atrevidas que se veían por la calle Mayor de Biscay.

Holly no confiaba su espesa melena de color miel más que a las manos de Juanita, muy cuidadas y con las uñas pintadas de rojo. Pero Holly nunca se haría una permanente. Claro que eso Juanita ya lo sabía.

– ¡Eh! Ése sí que sabe acariciar las teclas – dijo Juanita tamborileando los dedos en el brazo de la mecedora.

Ruby puso un plato de pastelillos de pacanas en la mesita baja y al sonreír se le formaron dos hoyuelos en sus sonrojadas mejillas.

– Algo para picar, señoras – dijo guiñando un ojo a Holly que se relamió del gusto.

– Esperaba que los hicieras – dijo Holly al tomar uno. Los pastelillos de pacanas de Ruby eran muy apreciados en la casa de las Lovell.

Igual que el pastel del infierno de Ruby. El pastel de manzana caliente. El pastel de merengue de limón.

Cualquier cosa que hiciera.

Mientras el chico seguía tocando, Wanda se levantó de un salto y se dirigió a la cocina.

– Voy a hacer café.

El trato amable de Wanda y las canciones de Holly invitaban a sus amigas a visitar a menudo su casa.

– He visto un libro que parece que habla de ti – le dijo una vez una vecina a Wanda.- Se titula si tienes limón, haz limonada.

– Entonces no se refiere a mí – había dicho Wanda.- ¿Quién puede permitirse el lujo de unos limones? Si se refiriera a mí el libro se titularía: Si tienes kétchup y agua, haz sopa de tomate.

Seguro que muchas adolescentes se aburrirían si quedaran con un grupo de mujeres los viernes por la noche, pero Holly no. Claro que no le importaba estar con Tyler, a pesar de que cuando le había explicado que el viernes por la noche siempre lo había pasado con su madre, el se había quedado de piedra. Pero los viernes eran los días de la relación madre-hija, como le gustaba decir a Wanda. Se reían de la ropa extravagante que llevaban algunos estudiantes de Haverty o se quedaban impresionadas por el talento que mostraban otros. Pero se trataba de algo más que ver el programa de televisión.

Se trataba de estar juntas. Al fin y al cabo, solo se tenían la una a la otra.

El padre de Holly había muerto hacía años, cuando ella era aun muy pequeña. A su madre no le gusta hablar de ello. Tampoco conservaba fotos de él. Holly se preguntaba a menudo que aspecto tenia y si ella había salido a él. ¿Le gustaba el maíz dulce igual que a ella?, ¿le hacía gracia la misma clase de chistes?, ¿tenía los mismos ojos azul claro que ella?

Se hacía muchas preguntas. Y nunca recibía respuestas satisfactorias. Nunca.

– Oooh, mirad a ésta, chicas – dijo Ruby dando un mordisco a un pastelillo de pacana, mientras una chica con un top brillante de color lavanda y pantalones a juego se dirigía con andares decididos al escenario de La hora de los talentos de Haverty. La chica saludo con la cabeza a Frank Shepherd, el presentador, y luego se volvió hacia el micrófono.

– Me llamo Melody Gates y esta noche voy a cantar I will always love you – dijo con mucha soltura.

– Me imagino que los padres ya sabían que iba para cantante cuando le pusieron el nombre – dijo Wanda con una sonrisa al regresar con una bandeja cargada de tazas humeantes de café.

– ¡Shhh, mamá! Quiero oírla – dijo Holly frunciendo el ceño.

La voz de la chica sonaba clara y potente y cantaba con una seguridad que debía de haberle costado años conseguir. Pero al llegar a los tonos más agudos de la canción, Holly percató de que la voz no le llegaba.

Sin darse cuenta, Holly empezó a seguir con los labios la letra de la canción. Casi siempre se sabía las letras. De ahí paso a canturrear. Luego empezó a cantar en voz alta siguiendo el crescendo de la música. Y acabó cantando a pleno pulmón.

Al llegar a la última nota, su clara voz de soprano había superado por una octava a la de Melody Gates. La música elevaba a Holly y la transportaba a un lugar a donde solo ella podía llegar… un lugar adonde solo la música era capaz de llevarla. Desconectar del resto del mundo era muy fácil cuando la cabeza se le llenaba de música.

Al término de la canción, Juanita, Ruby y la madre de Holly estallaron en aplausos.

Holly se puso colorada como un tomate.

– ¡Teníais que haberme avisado cuando me puse a cantar, tías! – dijo muerta de vergüenza. Ya sabía que podía cantar (le encantaba hacerlo), pero no le gustaba nada presumir.

Pero las otras no le hicieron ni caso.

– Con esa voz no te gana ni uno de esos estirados de Haverty, eso lo saben hasta las piedras – dijo Juanita.

Ruby asintió entusiasmada.

– Holly, cariño tienes que meterte en esa escuela. Les ibas a dejar boquiabiertos con esa voz tan dulce que tienes.

– ¡Y tanto! En cuanto te escucharan, cambiarian el nombre del programa por el de la hroa de los talentos de Holly Lovell! – añadió Juanita estrechando la mano de Holly con tan convicción que ella estuvo a punto de creérselo.

Holly se miraba la punta de los pies, incomoda como siempre que elogiaban sus canciones. No sabía porque le pasaba, eran tan frecuentes que ya debería haberse acostumbrado. Tenía voz de soprano y podía alcanzar los agudos sin problemas. Pero también improvisaba los graves cuando cantaba con chicos en el coro de la iglesia. La señorita Fogaty, la maestra de música del colegio de primaria de Biscay, le había dicho a Wanda en una ocasión que Holly abarcaba cuatro octavas.

Fue cuando Holly tenía once años.

Había pasado mucho tiempo. Ahora Holly tenía catorce. Y era lo bastante inteligente como para no hacerse ilusiones. Comprendía perfectamente que ella, Holly Faye Lovell, hija de una costurera viuda de un pueblo perdido de Mississippi, el estado de las magnolias, no podría saludar jamás a Frank Shepherd en el escenario de la hora de los talentos de Haverty.

Podía cantar en el coro de la iglesia. Para su madre y sus amigas. Y en la intimidad de su habitación, donde podía cerrar los ojos e imaginar que dejaba volar su voz.

La imagen del televisor se volvió otra vez a perderse y hacerse borrosa.

– ¡Toma! Esto es lo más cerca que voy a estar de Haverty – bromeó Holly al tiempo que daba otro caderazo al aparato – Pero no pasa nada – dijo para quitarse de la cabeza la tristeza que le invadía, igual que la música, al pensar en Haverty- De todas maneras no encajaría con es apanda de repelentes, ¿verdad? – y sonrió a su madre.

– Ya sabes que cuanto antes empieces, más lejos llegarás – dijo Wanda con la taza humeante de café entre las manos.

Holly se quedó con los ojos a cuadros. Su madre siempre le soltaba frases sentenciosas para motivarla. Wanda no dejaba de repetir a Holly que podía hacer lo que se propusiera.

– Sería mejor que vaya a la cocina a haceros mas cafelito – dijo mientras empezaban a escucharse los primeros compases de un grupo de chicas que cantaban a capella. En el instituto había un departamento de música donde podía educar su talento natural. Se dijo para sus adentros que eso sería magnífico. Y luego se puso a calcular la cantidad de café que debía echar, preguntándose a quien intentaba convencer.

18 de junio.

Querido diario:

No hago más que repetirle a Ruby que voy a engordar un montón con todas las cosas ricas que trae. Pero ella sigue como si tal cosa.

Esta noche he sentido que un escalofrío e recorría todo el cuerpo cuando escuche a Holly cantar. Ella desea desesperadamente hacer algo en la vida y marcharse de Biscay. Yo quiero ayudarla. Pero, ¿Qué puedo hacer?. Daría cualquier cosa para que ella pudiera hacer realidad sus sueños, cualquier cosa. A lo mejor Dios me da la respuesta. ¡Últimamente debe de haber notado que no le pido otra cosa!

No quiero decir que no esté contenta con mi vida. Tener a Holly me ha alegrado la vida mas de lo que nunca hubiera imaginado. Supongo que lo que me pasa es que, después de una vida entera de trabajo y honradez, a una le gusta pensar que hay un premio, una luz al final del túnel.

Pero no me quejo. Mi vida ha estado llena de momentos hermosos.

Tengo que irme. La boda de la hija de Marge Maslow es dentro de un mes y todavía me quedan por hacer todos los arreglos del traje de novia. Las madres nunca dejan de trabajar.

La cita de hoy procede de una fotocopia pequeña que tenia Juanita. Alguien se la bajó de Internet (no tengo ni idea de cómo funciona).

«Ayer es el pasado. Mañana es el futuro. Hoy es un regalo, ¡el presente!. No deberíamos desperdiciarlo.»

…estefafdez…

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